Su voz atractiva y suave hizo que Ana pensara que había oído mal. Había visto grandes subidas de alquiler, pero nunca que alguien propusiera bajarlo.
¿Se había vuelto loco Gabriel o era ella?
—Mi amigo solo necesita estos trescientos dólares —continuó Gabriel—. Si la cantidad fuera mayor, las cuentas no cuadrarían y le regañarían en casa.
Su expresión era tranquila, no parecía estar mintiendo. Aunque sonaba absurdo, ¿quizás era cierto? ¿Quién dijo que los hijos de las familias ricas no podían es