Los espectadores no se atrevían ni a respirar.
Muchos tenían sus teléfonos grabando el incidente. Las miradas inquisitivas hacían que Isabella se sintiera como si estuviera sentada sobre alfileres.
Ana dejó la taza vacía con total serenidad.
—Ahora estamos a mano.
Isabella apretó las palmas de sus manos, sus hombros temblorosos revelaban su furia.
Las risas burlonas de los demás la llevaron al borde del colapso.
—¡Se lo merece! Tan joven y en vez de hacer algo digno, prefiere ser la amante. ¿Aho