Sofía
—Buen día, señor Preston. —Me doy la vuelta quedando frente a él, y le ruego a Dios que no note la manera en que mis ojos se pierden sin permiso por su cuerpo.
«¿Por qué tienes que ser tan malditamente apuesto?», me pregunto, abochornada.
—Pensé que después de lo de ayer, tendría la decencia de no volver a la empresa.
Sus palabras filosas me hieren profundamente, pero intento que no se dé cuenta y finjo mi mejor cara de indiferencia al decir:
—Lamentablemente hay un contrato que me ata a