El salón de baile del Hotel Marquette estaba dorado y era como si hubiera sido sumergido en oro. Arañas de cristal colgaban sobre una cúpula pintada con imágenes de dioses olvidados cuyos eternos juegos de sombras se encontraban con sus reflejos en acres de mármol pulido.
Una orquesta en vivo tocaba con una rica y dramática oleada que entraba y salía por la sala entre el tintineo de las copas de champán y el murmullo de las conversaciones.
Entré del brazo de Eric sobre el suelo de mármol y la s