CAPÍTULO VEINTIDÓS

Elara logró apartarse, con el pecho agitado mientras jadeaba por un aire que sentía demasiado escaso. En la absoluta negrura del ascensor, no podía ver su rostro. Solo percibía su imponente silueta, una sombra más oscura que la noche, y el sonido entrecortado y desesperado de su respiración que reflejaba la de ella.

Pero la distancia no ayudó. Su cuerpo ardía; el calor irradiaba desde su núcleo hasta que su piel se volvió sensible al propio aire. Silas no permitió que el espacio perdurara; se i
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