CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO

Condujo de regreso solo. Repasaba toda la conversación en su cabeza, pero sabía que había hecho lo correcto. No había forma de que diera ese paso hacia Beatrice cuando toda su vida había quedado marcada por la impronta de Elara.

El coche se movía por las silenciosas calles de la ciudad en un casi absoluto silencio, roto solo por el suave rugido del motor y el ocasional roce del viento contra las ventanillas; él iba sentado en la parte trasera con el codo apoyado en la puerta y la vista perdida
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