—¿Sigues aquí? —preguntó furioso—. ¿No entiendes la indirecta?
Con la punta del zapato, apartó al perro callejero mientras abría la puerta.
—Lárgate —dijo.
Pero el perro lo miró con ojos tristes, se recostó en el escalón y apoyó la cabeza sobre las patas delanteras.
—Como quieras —gruñó Jensen—. Pero no esperes que te dé de comer.
Cerró la puerta de golpe al entrar. Se dirigió a la cocina. Sacó un refresco del refrigerador, se puso de pie y se bebió la mitad de un trago. Se frotó la lata fría c