Jennifer Mackenzie
Moví mis caderas exageradamente al salir de la oficina de Leandro, consciente de que el guapo señor Preston venía detrás de mí, observándome como si no hubiera trabajo más preciado que mis largas piernas y mi cintura de princesa. A veces maldecía la belleza que mi madre me había heredado, ya que inevitablemente me convertía en el centro de atención de los hombres. Pero ese no era el verdadero problema; la parte complicada empezaba cuando intentaban disfrutar de esa belleza en