Valta estaba sentada a la larga mesa de piedra tallada con los sigilos de antiguos gobernantes, el codo apoyado en el brazo del sillón mientras pasaba pergamino tras pergamino. Los documentos de la manada se extendían ante ella: rotaciones de patrulla, libros de comercio, disputas fronterizas, escasez de suministros, nombres de lobos que habían jurado lealtad y de aquellos que aún vacilaban.
Donde otro Alfa habría suspirado o se habría cansado bajo el peso del gobierno, Valta prosperaba.
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