Todo estaba en silencio.
Lo único que podía escuchar era el pitido constante de las máquinas y el zumbido que resonaba dentro de mi cabeza.
Intenté mover el brazo, pero un dolor agudo me atravesó de inmediato, arrancándome una mueca de dolor.
Abrí los ojos lentamente, tratando de entender dónde estaba, pero una luz intensa me cegó por completo.
“¿Dónde estoy?”, pregunté, entrecerrando los ojos por el brillo de la habitación.
Sentía la cabeza como si estuviera a punto de partirse en dos.
Me dolí