Me había pasado toda la tarde enviándole mensajes al señor Kravec desde que salió de mi oficina. Se fue azotando la puerta y sacándome de mi estupefacción y para cuando pude recomponerme ya podía escuchar su auto acelerando por la calle a todo galope.
Le escribí una y otra vez y lo llamé para cancelar, pero los mensajes ni siquiera llegaban confirmándome que su teléfono estaba apagado.
Y cuando llamé a Mónica para contarle lo que estaba sucediendo terminó guardando silencio y luego diciéndome