II.- El Accidente.

Nos vemos sin que ninguno aparte la mirada.

-No tengo idea de que estás hablando.

Jalo mi brazo alejándome de él. Me siento derecho en mi banca,  recargo la cabeza en la pared. Aún no ha llegado la maestra de lengua, así que cierro los ojos, me pongo los audífonos con la completa intención de ignorarlo. Saco mi celular de la bolsa para ponerle play, pero no responde. Lo intento apagar y prender pero no pasa nada. 

-Tienes que tranquilizarte para que tu celular responda.

Me quito los audífonos de un jalón, giro sobre mi asiento para quedar de frente a él.

-¡Por eso te llaman Loco, hablas cosas sin sentido!

Me levanto de golpe empujando la banca hacia delante, la silla choca con la pared. Salgo del salón, hacia la cafetería. Las señoras aún están acomodando el pan dulce de la mañana y poniendo las máquinas de café.

Las saludo mientras me siento a la mesa de costumbre. Cierro los ojos y respiro profundo para tranquilizarme un poco.

- Algo tuvo que pasarte, lo suficiente fuerte para activar tu verdadera naturaleza, y fue hace poco. Tan reciente que ni siquiera has tenido oportunidad de acostumbrarte a esta nueva etapa de tu vida. Dime, ¿cómo fue el accidente?

Del sobresalto abro los ojos, ahí está sentado frente a mí. Al ver mi reacción, esboza una media sonrisa. Supongo que me siguió sin hacer nada de ruido.

-¡Ya te dije que no sé de qué hablas!

-Últimamente no has dormido bien, cuando despiertas lo haces con mucha hambre y sed, como si hubieras pasado días enteros sin comer y sin beber nada. ¿Verdad?

Me quedo atónito, no le he contado esto a nadie, no hay manera de que él lo sepa. Suena el timbre. Me levanto de la mesa, salgo de la cafetería. Loco camina detrás de mí, puedo sentir cómo me observa sin decir nada. En el salón, ya hay varios compañeros sentados en sus bancas esperando que llegue la maestra.

Sandra toma del brazo a Loco antes de que llegue a su lugar.   

-Hablaste con él, ¿verdad?

Loco sólo le sonríe.

Tomamos las clases de la mañana sin dirigirnos la palabra. Suena la campana del receso, llego a la cafetería, compro mi almuerzo y me voy a sentar al lugar de siempre. Sandra y Loco se sientan conmigo.

-Entonces, me vas a platicar como fue el accidente que te despertó. ¿O tendré que investigarlo por mi propia cuenta?

-¿Cómo sabes que tuve un accidente, Loco?

-Ja.

-Sabes, Nuevo, en el planeta existen dos tipos de ser humanos. Los "normales" y los que tenemos “habilidades especiales". 

Sandra toma una de mis manos, la voltea poniéndola boca arriba. Coloca su mano sobre la mía, sin tocarnos. Cierra sus ojos para concentrarse. Al principio no pasa nada. Empiezo a sentir cómo de sus dedos sale un aire frío y entra en los míos. Siento como el frío sale de su palma para entrar en la mía.

El día es soleado, hace mucho calor. Aun así el frío que sale de ella es cada vez más intenso. Con mi otra mano recorro el entorno de nuestras manos, el frío sólo lo siento en la palma que tengo boca arriba. Cada vez más, lo empiezo a sentir recorriendo mi antebrazo. La sensación helada me recorre hasta el hombro. Como si hubiera estado sosteniendo hielo durante horas. Hace que salte jalando mi mano, Sandra cierra la suya.

Sacudo mi brazo intentando quitarme la sensación de frío. Pero el frío está dentro de mí, aunque me dé el sol directamente no se calienta.

-¡Casi me congelas el brazo!

- Tranquilo Nuevo, no pasa nada.

-¿Como que no pasa nada?

-Es parte de mi don.

-¿A qué te refieres con eso?

-Son cosas que podemos hacer, como el frío que sentiste.

-Pero yo no puedo hacer eso. ¿Cómo saben si soy uno de ustedes?

-Eso es lo interesante Nuevo. Cualquier persona no habría sentido nada, incluso podría pensar que estoy loca sosteniendo mi mano así. ¡Pero tú sentiste todo! Sentiste cómo fue entrando el frío por tus dedos, como recorrió tu palma, como mientras iba subiendo por tu brazo, el frío era cada vez más intenso. Hasta el punto que no aguantaste más y tuviste que quitarlo. Eso es lo que nos asegura que tú también eres uno de nosotros. Mínimo ya sabemos que eres susceptible.

-¿Por qué yo? ¿De dónde vienen?

-Nacemos con ellas, al menos la mayoría. Conforme vamos aprendiendo a caminar y a comunicarnos. Los adultos que nos rodean comienzan actuar de diferentes maneras. Algunos consideran que fuimos bendecidos mientras otros creen que estamos malditos, pero eso depende del punto de vista. Hay quienes deciden compartir su habilidad con el mundo en general, pero muy pocos lo saben hacer de manera adecuada. A la mayoría los consideran locos y terminan en manicomios. Otros pasan una vida huyendo de sus "habilidades" capaces de cualquier cosa con tal de engañarse a sí mismos y sentirse "normales". El resto de nosotros explotamos nuestras habilidades en silencio, sacando el mayor provecho.

-¿Pero cómo sabes que soy parte de ese nosotros?

-Eso es lo que te hace tan curioso Nuevo, algunos podemos ver a los que también tienen el don. Pero a ti no te puedo ver, sólo sentir.

-¿Eso qué significa?

Loco ya no tiene una mueca de arrogancia, ahora se ve muy serio. -Platícanos qué pasó, no solo lo que los demás vieron, sino lo que tú viste.

-Lo que me pides es algo que nunca antes le he contado a nadie, por miedo a que me tachen de loco. Es la razón por la que me cambié de escuela, para nunca tener que hablar de esto con nadie.

Sandra y Loco me ven fijamente.

-Empieza contándonos el accidente.- El tono en la voz de Sandra hace que confíe en ella a ciegas.

Las piernas me tiemblan, agacho la mirada, exhalo. 

Fue en el verano, pocos meses antes de empezar la prepa. En un parque que hay por mi casa, solíamos juntarnos varios vecinos de todas las edades. Un día Liam trajo su carro y nos invitó a dar la vuelta.  Tomó la avenida más cercana al parque, ahí empezó a acelerar.  Yo por ser el más alto, me senté adelante. A mí no me gustaba ponerme el cinturón de seguridad. Íbamos carrilenado y seguía acelerando. Todo parecía estar bajo control.

Liam cambió al carril de baja para esquivar un coche que iba en el carril central. Volteó a ver el velocímetro para decirnos que estaba pasando los 130 km/h. En ese mismo momento, un taxi se detuvo a dejar pasaje. El que venía manejando no alcanzo a ver el taxi a tiempo y yo grite.

-¡AGUAS!

Liam volteó la cara hacia arriba apenas a tiempo  para jalar el volante a la izquierda y el coche se impactó de mi lado. En ese momento no escuché nada, mis sentidos se llenaron viendo el cofre partiéndose mientras la cajuela se doblaba como un acordeón, teniendo cada vez más cerca el parabrisas sin poder hacer nada para evitar el golpe. 

Lleve los brazos a la cabeza, pero no fui lo suficiente rápido, apenas conseguí cubrirme la cara. Pude sentir el vidrio del parabrisas estrellándose contra mi cabeza. 

Mientras iba cayendo de regreso al interior del carro todo se fue obscureciendo hasta que no vi nada más.

Sandra con una cara de horror se cubre la boca con sus manos, Loco cierra los ojos.

Los demás que iban en el coche dicen que después de chocar, el carro comenzó a dar vueltas hasta quedar del otro lado de la avenida. Yo no recuerdo nada de eso. También dicen que parecía estar muerto, tirado en el asiento de copiloto con la cabeza hacia atrás, lleno de sangre, los ojos en blanco. Uno de los que iba en la parte de atrás se abrió el párpado contra el respaldo de mi asiento.

-¡MI OJO, MI OJO! 

Gritaba desesperado. 

Pero la puerta de mi lado se había encimado con su puerta. Así que los que estaban ahí no podían ayudarlo a bajar, sólo les quedaba esperar a los bomberos y paramédicos.

Cuando finalmente me incorporé, nada me dolía. De a poco comencé a escuchar todo el ruido a mi alrededor. Había gente gritando, se escuchaban sirenas a lo lejos y el que estaba sentado detrás de mí seguía gritando. Puse mi mano en la manija de la puerta para abrirla sin saber que se había encimado con la puerta de atrás;  al empujarla hacia afuera me quede con esta en la mano. Tire la puerta ahí a mitad de la calle. El ruido y el tumulto de gente de a poco se iban haciendo más claros.

Abrí la puerta de atrás para ayudar al que estaba ahí sentado. Se cubría su ojo con las dos manos de las que escurría sangre.

-!Mi ojo! ¡Voy a quedarme ciego! 

Lloraba mientras lo ayudaba a bajar del coche, lo acompañe a unas escaleras que estaban ahí cerca para que se sentara a esperar a los paramédicos. Camine al taxi. En el asiento de atrás estaba una señora acostada. Le pregunté si se encontraba bien, ella movió la cabeza de lado a lado.  Caminé hacia el carro en el que veníamos, estaba destrozado.

La parte de adelante estaba partida a la mitad y del lado del copiloto parecía no tener cofre, en el parabrisas se podía ver perfectamente el molde que habían dejado con mi cabeza y brazos al estrellarme. El taxi se quedó sin cajuela, parecía que se la habían cortado para que se viera más pequeño. El taxista no dejaba de gritar. 

-¡Háblale a tu seguro, una ambulancia!

Al estar parado a mitad de la calle mientras veía cómo habían quedado los coches. Sentí algo caer en la punta de mis Nike, mire hacia abajo. Me sorprendió ver una gota roja en el empeine blanco. Estiré los brazos hacia los lados intentando sentir si estaba lloviendo, voltee hacia arriba para intentar ver de dónde había caído esa gota. 

-Qué raro, está lloviendo rojo.

Yo aún no entendía bien qué había pasado. Comencé a sentir algo escurriendo por la frente, pensé que era sudor y llevé la mano para limpiarlo, como normalmente lo haría pasé la mano por el cabello, pero sentí demasiado "sudor" en ella. Cuando la vi, estaba llena de cabello con sangre.

Salí corriendo al establecimiento más cercano que había. Les preguntaba a las personas de ahí. ¿Dónde está el baño? Pero al verme la gente se quedaba en silencio, se ponían pálidas. Esa fue una de las cosas que más me asustó. Porque yo no me sentía mal, pero la reacción de las personas me hacía pensar que en verdad estaba muy mal. Preguntando por toda la tienda, una de las señoritas que trabajaba ahí me señaló con el dedo dónde estaba el baño.

Entre corriendo, abrí la llave del lavabo. Para empezar a lavarme el cabello y la sangre de las manos. Podía ver el agua pintándose de rojo. Cuando levanté la cara para verme en el espejo, estaba cubierta de sangre, sin importar cuánto me lavara, no paraba la hemorragia. Cada vez que me pasaba la mano por la cabeza, me quedaba con cabello en ella. En la cabeza podía sentir pequeños pedazos de cristal. Tome una toalla de papel para quitarme el cristal de la cabeza y colocarlo en esta.

Mientras más me quitaba, más sangre salía, con más cabello me quedaba en la mano. Tome agua, me lave la cabeza lo mejor que pude. Cuando por fin salí del baño, el lavabo blanco había quedado rojo.

Al regresar a la calle, el panorama que había dejado al entrar era otro. Las sirenas de las ambulancias se encontraban afuera de la tienda. El taxi había quedado vació, ya no estaba nadie sentado en las escaleras. Me quedé un momento parado en la banqueta observando todo. El coche en el que venía le salía humo del cofre, el taxi desecho, las marcas de llantas en la calle, los pedazos de metal y cristal esparcidos por todo el pavimento.

De pronto, sentí una mano en mi cuello. ¡Era un paramédico!

-¿Qué haces de pie? Tú eres el que está peor de todos. 

No entendía cómo podía ser yo el que estuviera en peores condiciones.

El paramédico me preguntó si algo me dolía, recuerdo su expresión incrédula cuando le dije que nada. Aún más como se tornó pálido cuando le dije que era yo el copiloto del coche que chocó. 

En ese momento seguía tan en shock que no entendí las preguntas. Me tomó del brazo y me llevó a la ambulancia. Me dijo que no me moviera de ahí si no sentía dolor era por la adrenalina del momento. Pero el golpe había sido muy grave para que me estuviera moviendo por la calle.

En la ambulancia estaban acostados, en cada camilla, la señora del taxi y el chavo del párpado abierto.

-¿Crees que me cosan el párpado? -Me preguntó mientras se sentaba en la camilla para que me pudiera sentar con él.

-No, tendrían que tener permiso de tus papás. ¿Señora cómo sigue?

La señora no me contestó, las manos me temblaban y comenzaba a sentirme muy débil. El choque fue alrededor de las 15:00, mi mamá no tardó más de una hora en llevarme al hospital.

En cuanto entré por la puerta de urgencias un doctor se acercó corriendo.

-¿Qué te duele?

-Nada -mi respuesta fue como una cubetada de agua helada, mi mamá no dejaba de llorar mientras mi papá se mantenía inexpresivo. Sin preguntarme más cosas, me pasaron de inmediato a rayos X, me tomaron radiografías de la espalda, cuello y cabeza. En lo que el doctor regresaba con las radiografías entró una enfermera, me empezó a quitar los pedazos de parabrisas que aún tenía encajados en la cabeza.

Pasados unos minutos el doctor regresó con las radiografías en la mano.

-Pasen a mi consultorio por favor, -estaba desconcertado. Recuerdo muy bien su expresión seria, examinándome. -Siéntense por favor -nos dijo mientras señalaba las sillas que había frente a su escritorio. Él también se sentó, puso las radiografías en la mesa. -Dime, ¿cómo te sientes? -Pregunto sin quitarme los ojos de encima.

Me sentía asustado por mi cabello y le pregunté si volvería a crecer. No tomó en serio mi pregunta, sin responder ni preguntarme nada más. Se puso de pie, acomodó las radiografías en la pantalla de luz que había en su consultorio.

-Señores, no entiendo cómo es que su hijo sigue vivo. El golpe que sufrió en la cabeza ocasionó que las últimas tres vértebras cervicales se desviaran hacia la derecha. 

En la radiografía se veía mi cuello desviado. El doctor continuó diciendo. 

-Esa es razón suficiente para que su hijo esté muerto. Viendo la otra radiografía, el golpe fue tal que provocó una desviación en su columna vertebral hacia la izquierda. 

En la radiografía se veían los huesos de mi espalda desviados.

-Su hijo debería estar en la morgue, en coma o en una silla de ruedas. Si alguien me enseña estas radiografías y me dice que el paciente llegó caminando, no lo creería. Aun siendo yo quien los recibió, sacó las radiografías y las analizó, me es difícil creerlo.

El doctor me mandó medicinas para el dolor, faja y collarín. Por al menos seis meses. Nunca tuve dolores así que los medicamentos ni los abrí. El collarín y la faja debería traerlos todavía, pero a los dos meses me empezaron a estorbar para hacer mis cosas así que me las quité.

Sandra, con la cabeza recargada en sus manos me ve con fascinación. Tiene los ojos cristalinos, atentos a lo que cuento, no la he visto parpadear en lo que llevo de la historia. Loco, por otro lado, me ve con cara de satisfacción, como si esperara exactamente lo que conté.

-¿Qué viste al morir?- me pregunta Loco como si me estuviera pidiendo la tarea de matemáticas.

-¿A qué te refieres?

-Dices que te golpeaste la cabeza contra el parabrisas y mientras caías todo se fue obscureciendo a tu alrededor. 

¿Cierto?

-Sí.

-Vez, no solo todos pensaron que te moriste. En verdad te moriste.

Sandra me toma la mano, se la lleva a la boca.

-¡AUCH!

Jalo mi mano lo más rápido que puedo, me empiezo a sobar.

-Lo sabía, sabía que ese sabor no era normal. ¡Aun sabes a hombre muerto!

La emoción de Sandra es palpable. Loco no puede contener la risa.

-No entiendo nada. -Veo molesto a Sandra. -¿Crees que podrías no volver a morderme?

Al sobarme noto que tengo cada uno de sus dientes marcados en mi mano. Sandra la toma de nuevo, no puedo evitar ponerme tenso, besa donde me mordió. Sostiene mi mano con tanto cariño que me desconcierta.

-Sabes, Nuevo, los que nacemos así rara vez mantenemos nuestro don activo. Pero de pronto algo puede pasarte que te haga reactivar tus dones de golpe, sin importar tu edad. Algunos tienen una experiencia cercana a la muerte, otros están presentes cuando alguien muere y ven el alma salir del cuerpo. Incluso hay algunos que hacen pactos con seres a cambio de adquirir ciertas habilidades. Aun así nunca antes había escuchado de alguien que hubiera regresado de la muerte por su propia cuenta. Morir te marca para el resto de tu vida y a veces deja estragos.

-Como sabor a hombre muerto, ¿no?

Loco ya no ríe, ahora tiene una expresión tensa. Su mirada clavada sin parpadear, comienza a acercarse a mí sobre la mesa de la cafetería. Provoca que algo dentro de mí se comience a mover. Como si estuviera emanando algo.

-¿Qué viste al morir y cuánto tiempo estuviste así?

-No sé cuánto tiempo estuve inconsciente, si a eso te refieres.

-¿Qué fue lo que viste al estar ahí?

-¡No sé!

Una sensación de calor me llena el pecho, como si tuviera una pequeña fogata dentro. Mi voz no sonó normal, fue mucho más grave y profunda. La sensación de calor en mi pecho va aumentando, recorriendo mi cuerpo. Subiendo por mi cuello, esparciéndose por mis brazos, bajando por mi abdomen. El frío que sentía en el brazo ya no existe. Ahora una sensación de agua hirviendo recorre mi cuerpo, se apodera de mí.

Loco se sienta derecho en su silla mientras me ve a los ojos. Sandra no para de vernos mientras mueve la cabeza de un lado a otro. No puedo contener la rabia, la sensación es como si tuviera magma en las venas. Sandra de un sobresalto avienta mi mano.

-Nuevo, tienes que tranquilizarte.

Pone su palma sobre mi mano como lo hizo antes, siento cómo sale de golpe una gran cantidad de frío, pero esta vez no me afecta en nada. Mi calor sigue en aumento. De un brinco quita su mano de mi brazo y comienza agitarla. Su cara refleja sorpresa. 

El calor dentro de mi es aún más del que se podría sentir estando directamente debajo del sol. Es tanto el calor que los ojos me comienzan a doler. Cierro fuerte los ojos. Al volver abrirlos todo se ve diferente, los colores son opacos. 

Alrededor de Sandra puedo ver una franja de luz color azul muy claro, sus ojos son del color del invierno.

Pero Loco es otra historia, sus ojos son negros con pequeños puntos purpuras, de él sale un destello de luz, mucho más que solo el contorno, es como si fuera una linterna muy potente que despliega una luz negra a su alrededor.

Nos vemos a los ojos sin apartar la mirada. Siento mi cuerpo hervir. Es como si me hubieran aventado un balde de café recién hecho, mis palmas se están enrojeciendo. Puedo sentir todo este calor salir de mí, veo cómo sigue creciendo la obscuridad alrededor de Loco.

De un salto Sandra se pone de pie, se inclina sobre la mesa y me besa, de la sorpresa cierro los ojos. Sus labios helados pegados a los míos, su aroma a vainilla con flores me distraen. Lo único que tengo en mente ahora, es ella, su piel helada, sus labios carnosos y fríos, su aroma.

Sandra vuelve a sentarse, toma mi refresco de lata sosteniéndolo contra sus labios. Abro los ojos de a poco, Loco y Sandra se ven normales. Ya no siento nada salir de mí, mis palmas van tomando su color normal.

-¡Jajajajajaja!- Loco ríe a carcajadas.

-No te rías, sabes que lo que estaba haciendo es peligroso para él.- Es difícil entenderla con la lata de refresco en los labios.

-Aun así. ¿Por qué interrumpes nuestro juego?

-Nuevo, solo dinos que viste, ¿sí?

Me cuesta mucho trabajo concentrarme en lo que dice Sandra. Me es imposible comprender qué acaba de pasar. ¿De dónde salió tanto calor? ¿Qué era lo que vi? ¿Por qué cambiaron sus ojos de color? ¿Por qué me besó Sandra? ¿Por qué me dolían los ojos?

-¿Qué acaba de pasar? -Estoy confundido, adolorido y mareado.

-A qué te refieres.

-Vi cómo de ti salía cierta, no sé, obscuridad por llamarla de algún modo, y los ojos te cambiaron de color.

-¡VISTE ESO! -dice Sandra sorprendida.

-Lo raro es que no estés consciente de tus "habilidades" y aun así las puedas activar tan de sopetón. Pero este no es un lugar para hablar de eso. Tendrás que esperar a que salgamos de la escuela para poder platicar bien contigo.

No entiendo nada de lo que acaba de pasar. Mucho menos con la explicación de Loco.

-Te ves muy confundido, Nuevo. Solo platícanos qué viste después de golpear el parabrisas.

Sacudo la cabeza, me está costando mucho trabajo adaptarme de nuevo a la luz del sol, a que todo tenga una tonalidad normal.

-Después de ver todo en cámara lenta, lo último que recuerdo es la sensación de estar cayendo. Cuando por fin termine de caer, lo primero que vi fue que ya no estaba en el coche, o en la calle o donde fue el choque. Ahora estaba sentado en un cuarto blanco. Con una luz frente a mí tan brillante que no me dejaba ver más allá de la habitación.

Lo segundo que noté, fue estar sentado en el piso con las piernas estiradas, las manos sosteniéndome a la espalda evitando que cayera. No sentía nada, no escuchaba nada, no olía nada. Eran una tranquilidad y una paz tan grandes, como si nada me pudiera volver a lastimar.

Lo siguiente que vi fue la sombra de alguien parado frente a mí, era alto y fornido. Con la luz a su espalda sólo podía ver su silueta. Él movía su cabeza de lado a lado diciéndome que no. Quería levantarme para ver quién era. Sentí que pasaron horas en ese lugar sin poder moverme de donde estaba, sólo viendo alguien negar con su cabeza una y otra vez. De su espalda se extendieron dos alas enormes. En ese momento pude despegar las manos del piso aventando todo mi cuerpo hacia adelante. 

-¡IHA!

Fue entonces cuando desperté en el carro, todo poco a poco fue volviendo a mí. 

Sandra está fascinada escuchando, Loco asiente con la cabeza.

-Fascinante, por cierto, puedes decirme Mike.

Loco, perdón, Mike, se levanta de la mesa y se va. Sandra sigue boquiabierta sentada a la mesa conmigo.

-Lo curioso de que sepas que estás despierto es que ahora puedes investigar qué eres y qué habilidades tienes.

Sandra dice las cosas más raras con tanta naturalidad.

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