Deirdre empezó a odiar las tormentas y sus truenos desde que la encarcelaron. Tan solo le habían robado la vista por aquel entonces. Aparte de lo duro que era aclimatarse a aquella oscuridad de la que ya no podía escapar, tenía que evitar ser atormentada por otras presas que estaban demasiado contentas de aprovecharse de su ceguera.
Un solo trueno solía asustarla tanto que temblaba a pesar suyo. Pero desde que su vida había vuelto a la normalidad, rara vez había sentido tanto pánico. Cerrando l