Yacíamos recostados y tapados con una sábana de satén blanco. Asher me tenía sobre su pecho y yo estaba encantada escuchando su corazón latir.
—¿Ya debes irte, cariño?
Revisé el teléfono y eran apenas las seis de la tarde; mi padre no había llamado, solo tenía unas cuantas llamadas de un número que no conocía. Ya había aprendido a no contestar esa clase de timbrazos, así que tenía todavía un buen colchón de tiempo.
—Ninguna novedad por aquí así que lo dudo. Mi papá sabe que hoy es mi día libr