ELORA
—¿No te fuiste? —pregunté.
—¿No vas a dejarme entrar primero? Mis manos ya me duelen de cargar este vino durante horas —exageró, y yo solté una risita.
Me hice a un lado y él entró, mientras yo cerraba la puerta y me sentaba a su lado en la cama. Dejó la bandeja con el vino sobre una mesa frente a nosotros y se giró para mirarme, recorriendo mi cuerpo con la mirada.
Me sentí incómoda con su escrutinio y aclaré la garganta.
—Umm… —apartó la mirada y yo sonreí—. Vi tu disculpa. No era neces