Las lágrimas de Luna no cesaban; sus suaves sollozos eran desgarradores.
Sabía que no podía entrar en su corazón. Había sido tan directo: la amaba, de verdad la complacería, no le importaría si no podía tener hijos. El día anterior, prácticamente le había prometido matrimonio; todas las propiedades y su salario serían suyos para administrar. ¿Acaso eso era diferente del matrimonio?
—¡Luna, no llores! — suplicó, intentando secarle las lágrimas, pero Luna descargó toda su ira sobre él, apartándol