No desperté.
No abrí los ojos ni jadeé por aire ni sentí que me arrancaban de vuelta a mi cuerpo como la gente describe cuando habla de haber estado a punto de morir. No hubo un chasquido violento, ni una inhalación desesperada, ni una repentina oleada de dolor reclamando mi atención.
Solo hubo silencio —espeso, interminable— y luego algo más comenzó a filtrarse en él, lento y paciente, como el amanecer que se cuela en una habitación oscura que había olvidado qué era la luz.
Calor.
No el calor