Jennie Frost:
Los días después de que Vuk regresara de Dubrovnik fueron pesados.
No con peleas ni silencios, sino con algo más callado.
Un peso que él cargaba y que yo sentía cada vez que me tocaba.
Estaba más en casa: canceló viajes, delegó llamadas.
Pero su mente estaba en otra parte.
Lo encontraba en el estudio a horas intempestivas, con viejos archivos esparcidos sobre el escritorio, fotos de personas que yo no conocía, notas en su letra afilada.
El coche bomba.
Sus padres.
Diez años enterrados, ahora desenterrados.
Una noche me desperté sola en la cama.
Lo encontré en la terraza, con la nieve cayendo suave y constante, un vaso de whisky en la mano.
Me envolví los hombros en una manta y fui hacia él.
No se volvió.
—¿No podías dormir?
Negó con la cabeza.
Me puse a su lado, deslizando mi mano en la suya.
—Dime en qué estás pensando.
Estuvo callado mucho rato.
—En que tal vez tenga que convertirme en el monstruo que siempre he intentado no ser delante de ti.
Apreté su mano.
—No eres