—Me da gusto ser quien te abrigue siempre —Su voz y su aliento la hicieron cerrar sus ojos porque una corriente empezó a recorrerla desde la cabeza hasta la punta de sus pies.
—Franco —susurró. Él la sujetaba de sus hombros y podía sentir su cuerpo estremecerse debajo de las palmas de sus manos. Ella no podía reaccionar, no quería enfrentarlo. Y podía casi escuchar sus propios latidos, él estaba ahí, había ido a buscarla.
Franco deslizó sus manos sobre sus brazos y luego la abrazó, apoyando s