Instintivamente, me giré hacia la fuente de la voz y, para mi sorpresa, el que se acercaba a saludarme era Andrés.
Le respondí con una sonrisa tenue, diciendo simplemente: —Hola.
Él me miró sonriendo como si viera a un viejo amigo y dijo: —Antes de venir aquí, me preguntaba si te encontraría, ¡y aquí estás!
Mientras hablaba, sus ojos permanecían fijos en mi rostro con una mirada intensa y algo melancólica.
No era que yo rechazara a Andrés per se, sino más bien su forma de mirar, que me resultaba