Los ojos de la anciana no tenían la neblina típica de la vejez, sino que brillaban con una agudeza impresionante.
Al vernos acercarnos, ella habló con un tono cariñoso a Patricio: —¡Hoy has llegado tarde!
Patricio respondió con una sonrisa: —Llegué justo a tiempo. ¡Ahora nadie nos interrumpe!
Era la primera vez que veía a Patricio con tal expresión. El siempre sereno y altivo Patricio mostraba un lado juguetón y obediente que no conocía. Era evidente que tenía un vínculo muy especial con la seño