En esa tarde, los tres abrimos nuestros corazones y nos convertimos en un grupo de confesiones, riéndonos después de contar nuestras historias. Al final, nos miramos y sonreímos involuntariamente.
Como ya era tarde, Patricio me llamó y dijo que vendría a recogerme para cenar. Me levanté para despedirme, justo cuando Raúl regresaba a la habitación del hospital.
Al bajar, vi a Patricio esperándome abajo. Entre la multitud, siempre se destacaba como la Osa Mayor, brillando como las estrellas del no