Ella se acercó a mí, pero en sus ojos parecía haber algo oculto, aunque se esforzaba por mantenerlo bajo control.
Esa contención debía de ser dolorosa.
Yo seguía manteniendo una sonrisa tranquila, observando cómo ansiosamente preparaban el escenario. Ana, a mi lado, estaba tan nerviosa que apenas se atrevía a respirar, y Estela ya estaba pensando en contraatacar.
La sujeté de inmediato, indicándole que no hiciera ningún movimiento.
—Oh... pensé que era alguien más. Resulta que es la cuñada—dijo