Cira quedó atónita.
Sus pensamientos dispersos se ordenaron de inmediato. Sentada frente a la mesa, enderezó su espalda y miró al hombre al otro lado: —Señor Vega, ¿está seguro de que no se equivoca? No recuerdo haberle dado mi consentimiento anoche.
La mirada penetrante de Morgan se posó sobre ella, recuperando de inmediato su imponente presencia: —¿No me diste tu consentimiento? Entonces, ¿qué hay en la papelera de tu dormitorio?
Eran... los preservativos que habían usado la noche anterior.
Él