—Te presto mi habitación para trabajar —dijo Morgan acercándose a ella. —Dame tu mano.
Él vivía en la suite del último piso donde la velocidad del internet era más rápida que en su habitación, ¿qué tan importante sería su trabajo para hacerlo ahí? Cira dudó, pero extendió su mano.
Él dejó caer dos pastillas blancas en ella.
—Son pastillas para dormir, tómalas y duerme.
Cira apretó su mano: —Dormiré... señor Vega, mejor vuelve a tu habitación.
Morgan la miró con una expresión cansada y desordenad