La última luz del cielo desapareció detrás de las cortinas, sumiendo la habitación en una penumbra grisácea.
Los días de invierno eran cortos, apenas pasadas las cinco y media, ya casi no se podía vislumbrar la luz del día.
Cira yacía exhausta en la cama, tan cansada que hasta respirar le resultaba pesado.
Todavía tenía un ligero rubor en las esquinas de sus ojos, sus pestañas húmedas por lágrimas no secas.
Morgan levantó la mano para alisar su entrecejo. Cira estaba tan agotada que, aunque sent