CAPÍTULO CUARENTA Y DOS

**Natasha**

El espacio entre las paredes conducía a una parte completamente diferente del edificio. Caminé lentamente entre las paredes.

Me encontraba en una especie de gran salón con barrotes plateados en la puerta. Era una mazmorra, solo que más sofisticada y grande.

La mazmorra estaba inquietantemente silenciosa y oscura. Caminé lentamente por ella, observando a todos los prisioneros que estaban encerrados en sus celdas. Muchos dormían o estaban sentados, con un aspecto débil y cansado.

Dejé de caminar al ver algo que me llamó la atención. Era un prisionero, y a diferencia de los demás, no estaba encerrado en una celda.

Sus manos y pies estaban sujetos con cadenas plateadas ancladas a gruesos postes de metal.

Me pregunté quién era y por qué estaba allí. ¿Por qué lo torturaban más que a los demás prisioneros?

Su cuerpo estaba pálido y parecía vacío de vida y fuerza. Tenía tres puntas de flecha plateadas clavadas en el corazón, pero aún podía oír débilmente los latidos de su corazón.
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