La última vez que estuvo en el hospital, su padre había sufrido un derrame cerebral. Joy estaba sola y le temblaban las manos mientras luchaba por rellenar los formularios del seguro.
En ese momento, ella realmente había creído que no había peor lugar en la tierra que dentro de las paredes de una fría y estéril habitación de hospital. Pero esos días eran más fáciles de olvidar cuando Joy se sentaba junto a la cama de Giselle, admirando a la recién nacida que Giselle había puesto en sus brazos.