La habitación pareció encogerse a nuestro alrededor, el mundo exterior se desvaneció hasta que no quedó nada más que calor, respiración y necesidad.
Cada gemido, cada jadeo, cada esfuerzo desesperado de nuestros cuerpos hablaba más alto que cualquier palabra.
Finalmente, se apartó lo suficiente como para mirarme a los ojos, con la respiración pesada e irregular.
—Entonces… joder, te deseo —susurró Kaelen con voz ronca y áspera—. Cada centímetro. Cada momento. ¿Sientes lo duro que estoy por ti?