ALEXANDER HAMPTON
El reloj digital del tablero marcaba las 17:15. El sol ya había comenzado su descenso detrás de los rascacielos de Manhattan, pintando el cielo de un morado profundo y anaranjado.
— ¡¿Dónde está mi otro tenis?! —gritó Apollo, saltando en un pie por la sala de estar, como un flamenco hiperactivo.
— ¡Lo pateaste debajo del sofá cuando llegamos! —respondió Orion, que ya estaba debidamente calzado, con su chamarra abultada azul y pareciendo impaciente cerca de la puerta.
Yo es