Sofía Adams – Marzo, 2012
Me desperté sudada en mi cama, confundida entre el sueño y la realidad.
El recuerdo aún vívido en mi cabeza, tan fuerte como la luz del sol aquella mañana. Mis manos ardían, debí haberme frotado durante el sueño.
Miré a mi alrededor a esas paredes desconocidas deseando estar en casa. Apenas había llegado a ese lugar y ya estaba afectándome.
Aunque eran solo las once de la mañana, mi cuerpo entumecido y mi mente agitada sabían lo que necesitaban.
Necesitaba una bebida.