El peso inflexible de Damon me clavó al tocador; su polla se frotaba insistente contra mi muslo; el aliento entrecortado con esa furia obstinada que siempre me rompía al final.
Su mano se cerró en el encaje del escote; los ojos me taladraban como si pudiera follarme los votos del alma.
—Suplícame, Emily —gruñó; los labios rozaron mi oreja; la voz espesa de seis años de rabia y necesidad contenidas—. Suplícame que pare o suplícame que te folle como la puta que eres para mí. David está esperando,