—Ponte esto— se movía nerviosa, lanzándome una peluca.
—¿Una peluca?— Me puse pálido, disgustado por la idea mientras miraba la longitud del libro.
Otro golpe en la puerta.
—¿Ves? No usa el timbre, que usa todo el tiempo. Alguien debe haberla cabreado: a veces se comporta como una meníaca. Por favor, ponte la peluca, gira la cara hacia la pared. Ya pasó el toque de queda— suplicaron los ojos de Karen.
Me sonrojaba la idea de llevar la peluca. A regañadientes hice lo que ella quería, me puse la