Nunca pensé que terminaría aquí, viviendo bajo el mismo techo que mi padrastro, Alexander Voss —todos lo llaman Alex. Mi madre se casó con él cuando yo tenía diecinueve años, justo antes de aceptar ese trabajo en el extranjero con la ONG que la mantiene fuera durante meses seguidos. Alex tiene cuarenta y cuatro años, alto, de hombros anchos, con esa intensidad silenciosa que hace que las habitaciones parezcan más pequeñas cuando entra. Es gestor de patrimonios privados, de los que manejan fortu