Maximiliam levantó en brazos a su esposa con una firmeza casi brutal, pero sus movimientos eran controlados, como si temiera romperla. Brianna no emitió ningún sonido, demasiado agotada por la adrenalina y el dolor que aún punzaba en su pecho. Su cuerpo, aunque herido, seguía siendo un templo para él. La llevó hacia el coche sin permitir que nadie más la tocara. Cada paso que daba estaba impregnado de ira contenida, una furia que amenazaba con desbordarse. Cuando terminó de acomodarla cuidadosam
Lgamarra
La amaba con una devoción incomparable... ¡Mierda! Maximiliam ya cayó.