Llevaba dos meses haciendo prácticas en Kane Enterprises, sirviendo café y archivando informes, pero eran sus ojos los que me quitaban el sueño. El señor Kane, alto, con esa presencia imponente, siempre me miraba fijamente durante las reuniones. Hoy, al agacharme para recoger un bolígrafo que se me había caído, sentí su mirada como un roce, un calor intenso entre mis muslos. A las ocho de la noche, la oficina estaba vacía, solo estábamos nosotros dos.
Me quedé más tiempo del previsto porque el