La mañana siguiente volvió a ser como esos viejos días en los que William le preparaba el desayuno. El aroma del café le abría el apetito y él se aseguraba de que comiera algo más; si por ella fuera viviría a puro café. Le preparó unos panqueques con frutas y crema; conocía su debilidad por las cosas dulces; podría pasarse la vida cocinándole lo que le pidiera, no había nada como su rostro feliz cuando algo le parecía delicioso, las pequeñas muecas que hacía con los ojos y la nariz al disfrutar