Siete días transcurrieron como una interminable sucesión de noches largas y tortuosas en la sala VIP de cuidados intensivos del hospital central de Nueva York. El intenso olor a antiséptico se mezclaba con la fragancia de los lirios frescos colocados en una esquina de la mesa, envolviendo la habitación en un silencio opresivo. Más allá del amplio ventanal de cristal, el majestuoso horizonte de rascacielos de Manhattan permanecía cubierto por una fina neblina vespertina, que filtraba una fría lu