Los débiles gemidos que escapaban de los labios de Berlyn aún no cesaban. La mujer seguía sujetándose la cabeza palpitante mientras apretaba con fuerza sus propios dedos. El sudor frío que empapaba su frente y sus sienes corría cada vez con mayor intensidad. A su lado, Michael continuaba sosteniéndola con el rostro completamente descompuesto por el pánico.
No habían transcurrido ni diez minutos cuando el rugido de un automóvil al detenerse bruscamente frente a la residencia rompió el silencio.