Los primeros destellos del amanecer acababan de rasgar el cielo, arrojando un suave matiz dorado sobre los grandes ventanales de la cocina principal de la mansión del clan Moreno. El reloj de pared apenas marcaba las cinco de la mañana, una hora en la que la mayoría de los habitantes de la lujosa residencia solían estar sumergidos en el calor de sus mantas. Sin embargo, ese no era el caso de Elyn. La mujer ya llevaba despierta media hora; se había recogido el largo cabello en un moño desordenad