En otra parte del mundo, un grito desgarrador rompió el silencio de los pasillos de piedra de un centro penitenciario en una remota zona costera del continente africano. Los pasos de los guardias, hombres de complexión robusta, resonaban con dureza mientras arrastraban el cuerpo de Victoria, que se debatía fuera de control.
—¡Suéltenme! ¡Ustedes no saben quién soy, ¿eh?! —bramó Victoria, con la voz ronca y aguda, rebotando en el techo húmedo de la celda—. ¡Dave! ¡Maldito cruel! ¡No puedes arroj