CAPÍTULO 47.

El sol ya se había escondido mucho tiempo atrás, y la noche se había adueñado del cielo, sumiendo la hacienda en un profundo silencio. Solo la luz pálida de las estrellas y la tenue iluminación de las lámparas de la entrada daban forma a la escena. La oscuridad envolvía todo, excepto el pequeño espacio donde, entre sombras, la gran puerta de la hacienda se abrió lentamente. Un crujido apenas perceptible rompió el silencio, anunciando la llegada.

Marina reflejaba un cansancio profundo, tanto fís
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