Theodore Montgomery no le dio a Hannah ni un momento para recuperarse de la implacable provocación.
Levantó su agotado cuerpo del sillón, la llevó hasta la gran alfombra de piel frente a la chimenea crepitante y la tumbó con delicadeza.
La tormenta aún aullaba afuera, pero dentro de la cabaña, los únicos sonidos eran sus respiraciones agitadas y el húmedo chasquido de sus labios mientras él reclamaba su boca en un beso fiero y posesivo.
La devoró. Su lengua se hundió profundamente, enredándose c