Lucy Harper era la imagen de la perfección y el aplomo durante el día.
A las 9 a.m. en punto, entraba en la suite ejecutiva con paredes de vidrio en el piso 42, sus tacones resonando con precisión militar sobre el mármol. Su falda lápiz color carbón se ajustaba a sus caderas sin una sola arruga, la blusa de seda abotonada hasta el cuello, el cabello recogido en un moño impecable.
Para la sala de juntas, era indispensable: su voz fría recitando proyecciones trimestrales, sus dedos volando sobre