Emma siempre lo había llamado Tío Tony, aunque en realidad no era su tío.
Era el mejor amigo de su papá desde la universidad: alto, de hombros anchos, cabello castaño con reflejos del sol, una risa fácil que arrugaba las comisuras de sus ojos y esa confianza tranquila que hacía que la gente lo escuchara cuando hablaba.
Todos los veranos desde que era niña, Tony se quedaba en su casa del lago durante un largo fin de semana: pescaba con su papá por las mañanas, asaba filetes por la noche y contab