La voz de Joe resonó desde el vestíbulo, casual y cansada, como si no acabara de entrar en el momento más peligroso de mi vida.
El pánico puro me inundó las venas. El corazón me golpeaba contra las costillas con tanta fuerza que pensé que estallaría. Los dedos de Killian seguían enterrados profundo dentro de mi coño chorreante, mis jugos cubriendo su mano, mi clítoris palpitando desesperadamente bajo su pulgar.
Reaccionó al instante —calmado, controlado y maliciosamente sereno. Retiró los dedos