No sé qué horas eran, el sol ingresaba por la ventana, Pomelo no estaba a mi lado, sin embargo, el brazo de mi Chocolate espeso me rodeaba la cintura, como pude me moví y ahora lo miraba de frente. —iban a hacer las doce del mediodía. Reparé a Yasar, era un negro atractivo, le acaricié la ceja. —Pero mírame, pues, como pendeja consintiéndolo.
—No vuelvas a llorar, Amira.
—Como… —señaló la cámara.
—Se me pasa rápido, no te preocupes.
—No había podido dormir desde que nos fuimos de viaje hasta ah