Obsesión: Nick Evans... El lenguaje de tus ojos.
Obsesión: Nick Evans... El lenguaje de tus ojos.
Por: Itha León
Prólogo.

PRÓLOGO

No sé cuánto tiempo llevo aquí. En este lugar donde las horas no avanzan y los minutos se vuelven una forma lenta de castigo. Perdí la noción del día en que dejé de contar, en el momento exacto en que comprendí que nadie tenía intención de explicarme nada.

Solo sé una cosa con absoluta certeza: la vida que conocía terminó en el instante en que esta puerta se cerró.

Estoy encerrada en un ático. No lo supe al principio, lo deduje después, cuando mis manos tocaron el techo inclinado y las paredes estrechas que parecen reducirse un poco más cada vez que respiro hondo. Es un espacio olvidado, construido para guardar cosas que nadie quiere volver a ver. Ahora, ese lugar soy yo.

Aquí no llega el mundo. No llegan voces, ni pasos, ni señales de que exista algo más allá de estas paredes viejas. El silencio es constante, pesado, casi cruel. No es un silencio tranquilo, es uno que presiona, que obliga a pensar, que no da tregua.

Al principio grité. Grité hasta quedarme sin voz. Golpeé la puerta con las manos, con los puños, y con lo poco que encontré a mi alrededor. Llamé a personas que no podían oírme, supliqué a nombres que quizá nunca supieron dónde estaba. Nadie respondió.

Después vinieron las preguntas. Esas son peores que el silencio.

¿Qué hice?

¿En qué momento todo se torció?

¿Por qué yo?

No recuerdo haber cometido un error tan grande como para merecer esto. No recuerdo una advertencia, una amenaza o una señal clara de que mi destino terminaría en este encierro absurdo. Un día estaba viviendo mi vida, con sus rutinas, sus problemas pequeños, sus planes imperfectos… y al siguiente, estaba aquí.

Sola.

La oscuridad no ayuda. No porque no pueda ver, sino porque obliga a imaginar. La mente se vuelve un enemigo cuando no tiene nada concreto a lo que aferrarse. Piensa escenarios, inventa razones, crea finales que nunca llegan.

Lloré. Mucho. Lloré hasta que las lágrimas dejaron de aliviar. Hasta que entendí que llorar no abría puertas ni traía respuestas. Aun así, a veces lo hago. No porque espere algo, sino porque el cuerpo lo exige.

—Déjenme salir —susurré más de una vez, con la poca dignidad que me quedaba—. No he hecho nada.

Decirlo en voz alta era una forma de convencerme a mí misma. Si no hice nada, entonces debía haber una solución. Un error. Un malentendido. Algo que pudiera arreglarse.

Pero nadie vino a desmentirlo.

Cada respiración se volvió un acto consciente. Cada segundo, una espera sin promesa. El miedo no llegó de golpe; se instaló despacio, como una verdad incómoda que se va aceptando sin querer.

Empecé a temer no al lugar, sino a la idea de que este fuera mi nuevo mundo.

Me aferré a recuerdos. No por nostalgia, sino por supervivencia. Pensé en cosas simples: caminar sin pensar en paredes, abrir una ventana o decidir a dónde ir. Recordé risas, discusiones sin importancia, días que en su momento creí insignificantes. Ahora daría cualquier cosa por uno de ellos.

Pero los recuerdos no duran. Se desgastan. Se repiten tanto que pierden fuerza. Y cuando se van, dejan un vacío difícil de describir.

Sentí que me quebraba.

Fue entonces cuando la puerta se abrió.

No de golpe. Se abrió como si siempre hubiera estado destinada a hacerlo en ese preciso instante. Una línea de luz se filtró desde el exterior, suficiente para obligarme a cerrar los ojos por un segundo.

Cuando los abrí, no vi libertad.

Vi una silueta.

Un hombre permanecía de pie en la entrada. No entró de inmediato. No habló. Simplemente me observó. No pude verle el rostro con claridad, pero su presencia fue suficiente para que todo mi cuerpo reaccionara.

El miedo cambió de forma.

—¿Quién eres? —pregunté, odiando lo frágil que sonó mi voz.

No respondió enseguida. Dio un paso al frente, luego otro, con una calma que me resultó más aterradora. Retrocedí hasta que no tuve más espacio. La pared me recibió como una sentencia.

Quise correr. No había a dónde.

—Por favor… —dije, sin saber exactamente qué estaba pidiendo—. Déjame ir.

Entonces habló.

—No puedo hacer eso, Eva.

Escuchar mi nombre me heló más que el encierro. No solo sabía quién era. Me conocía lo suficiente como para pronunciarlo sin dudar.

—Pero tampoco voy a dejarte morir aquí —continuó—. Este lugar no es para los débiles.

Levanté la vista, buscando algo en su rostro que me ayudara a entender. No encontré compasión. Tampoco crueldad abierta. Era peor: seguridad.

—Aquí no se sobrevive esperando —añadió—. Se sobrevive aprendiendo.

No entendí sus palabras. O tal vez no quise entenderlas.

—¿Aprender qué? —pregunté.

Su respuesta fue breve, y definitiva.

—A vivir en la oscuridad.

La puerta permaneció abierta unos segundos más, luego se cerró otra vez. No supe si aquello había sido una promesa, una amenaza… o ambas cosas.

Me quedé allí, temblando, con una certeza nueva y aterradora latiendo en el pecho.

Esto no había hecho más que empezar.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
capítulo anteriorpróximo capítulo
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App