Nos dirigimos hacia su automóvil, donde me acomodé mientras él comenzaba a conducir. El silencio reinó durante un rato, hasta que decidió romperlo.
—Eva, entiendo que estés enojada conmigo, pero quiero que sepas que las carreras clandestinas tienen sus propias reglas. Si no te ganas el respeto de los demás competidores, estarías en problemas. Además, ni en un millón de años permitiría que alguien te hiciera daño.
—Me llamaron por titulos horribles, Nico. Me hicieron sentir pequeña e insignifica