Ariadna se acercó a él. Soltó un suspiro antes de sentarse en la esquina de la cama.
—Nunca debes ocultarme algo así —le dijo entre sollozos. Sujetó su mano con delicadeza. Se mordió el labio inferior, en un intento de reprimir el llanto.
—Era muy tarde —Nathan intentó explicarle—, es peligroso que salgas sola con el niño.
—¿Sabes quiénes te hicieron esto?
—De seguro fue Tania. Ni siquiera pude defenderme —dijo con la cabeza agachada—. En esa área hay cámaras. Si hacía algo, sería la excusa